miércoles, 23 de marzo de 2011

Sueño que anidó un olvido



"Levántate cabrón", fue la orden que dio el general. Habría abierto las patitas al marchar, pero sintió qué no las tenía. Estaba oscuro, pre-eyaculación de amanecer: no, no piernas todavía.

Cuando soltó el chaneque en voz verdosa, le vino a la memoria la certeza de que gritos como ese lo circundaron toda la noche, dentro y fuera de lo amniótico. Se equivocó al suponer en una descarga de pánico que nadie lo escucharía, pues un temblor se reavivó en la nada de sus extremidades y reaccionó empujando al temblante, más enclenque que Elpidio, más que los brazos unos grados menos trémulos. 

Mientras luchaba por deshacerse del lastre, una vaharada dolorosa emergió de su carne liberada y esa muestra de que su sangre llenaba el hueco —retrospectivamente, días después, le aterró tanto como la falsa amputación el blanco que al respecto hizo su mente, hasta antes de saberse entero—, tras conseguir un nuevo cuerpo dormido al cual parasitar su sopor. Cantó el gallo. 

¡Un gallo!

—Estoy en problemas, se diagnosticó.


Imagen: Sarah Fuller. Tomada de este blog.





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