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martes, 9 de marzo de 2010

A propósito de "Tiempo y cuenta" de Fray Miguel de Guevara



Escribió Augusto Monterroso alguna vez que casi ningún prospecto de escritor o estudiante de Letras está tan loco para pensar que será rico algún día por su actividad, pero casi ninguno, tampoco, está dispuesto a renunciar a la fama.

Casi apotegma tal frase, difícilmente puede ser axiomática, dados los casos individuales que la matizan: tengo un amigo editor, quien además de admitir sin reparos que no le gusta la poesía (no mucha de la poesía que hay, no sólo cierta poesía o para muy determinados momentos, sino que no le gusta), me comentó que desde aspirante a estudiar Literatura, su propósito principal fue hacer dinero, lo cual --me consta-- ha conseguido; en contraparte, conozco muchos casos de obreros literarios que entregan su esfuerzo al rescate de escritores olvidados y parecen tener alergia a las pálidas luces del Parnaso doméstico. Hay de todo.

Yo debo admitir que me dedico a esto moviéndome entre la supervivencia laboral y un delirante deseo de salvar la vida en esa economía de los actos contra las omisiones, de lo afirmativo contra lo deleznable, que viene de eso que se llama ética. Hablemos del innoble, que es más interesante.

Además de la posibilidad, no por difusa menos cierta, de ligarme a alguna incauta tras recitarle unos de Lorca (e invitarle unos al pastor), la literatura da a veces la oportunidad de ganarse un prestigio fugaz, pero que puede valerte salvar la vida o ser invitado unos mezcales. Tal me sucedió en Michoacán, hace varios años, cuando alguien me preguntó por Fray Miguel de Guevara.

La intención de la pregunta era demostrar que yo no lo sabía todo (lo que es al cabo condición connatural al hombre y por tanto un derecho); para mala suerte del Malaleche, acababa de leerlo en una edición de la UNAM sobre poetas novohispanos; así que tras enunciar los datos básicos de este poeta, también me dio la memoria para parafrasear de manera más que aceptable este portento de poema:


Pídeme a mi mismo el tiempo cuenta;
si a darla voy, la cuenta pide tiempo:
que quien gastó sin cuenta tanto tiempo,
¿cómo dará, sin tiempo, tanta cuenta?

Tomar no quiere el tiempo tiempo en cuenta,
porque la cuenta no se hizo en tiempo;
que el tiempo recibiera en cuenta tiempo
si en la cuenta del tiempo hubiera cuenta.

¿Qué cuenta ha de bastar a tanto tiempo?
¿Qué tiempo ha de bastar a tanta cuenta?
Que quien sin cuenta vive, está sin tiempo.

Estoy sin tener tiempo y sin dar cuenta,
sabiendo que he de dar cuenta del tiempo
y ha de llegar el tiempo de la cuenta.
Así, aquella fue una tarde triunfal en que lo poco que uno sabe valió para escuchar decir de mí "maestro".
Foto. Yunuén, Michoacán.

sábado, 27 de febrero de 2010

Sapo mediocre, sapo triunfador




Un par de días atrás leí esta nota (aparecida originalmente en El Universal on-line entre el 25 o 26 de febrero del presente) sobre empresas que recurren a acciones irregulares para obtener las jugosas concesiones del gobierno mexicano (¡Nooooooo! ¿De dónde sacan eso?) y un nombre llamó mi atención: Miguel Ángel Cornejo.

Seguramente, quienes vivieron en México durante los años 90 conocerán a este motivador profesional que tuvo éxito vendiendo el programa para tener éxito "Ser excelente". Lo recuerdo bien, hacía fábulas al vapor del tipo "Había un sapo mediocre y otro truinfador...". Siempre me pareció vomitiva su ideología, visión en blanco y negro, demagogia empresarial con un excelente dramatismo, aunque, como sucede en tales casos, a él termino por comprenderlo (aunque sin estar de acuerdo), pero sus seguidores sí me dieron siempre una hueva espantosa.

Primero creo que es justo señalar por qué ése, y otros programas de autoayuda, me resultan un mal chiste:

a) venden soluciones fáciles a lo que no tiene una respuesta sencilla, por muchos casos que los mass media se empeñen en poner como ejemplos; aun siendo ciertos (hay tantos, como el mismo motivador éste, que cacarean su supuesto éxito y luego desaparecen), la mera proporción entre casos aislados y generalidad muestra lo tramposo de usar casos aislados para el adoctrinamiento (sí, soy de los que creen que unos cuantos manejan todo el poder, sobre todo en mi subcontinente) y consecuente imbecilización de los pueblos es, por decir lo menos, fraudulento. Al cabo, culpan al pobre por serlo: no sé si en Noruega eso tenga algún sentido, en un país mezquino con sus propios ciudadanos históricamente, ello resulta un escupitajo a la inteligencia.

b) Suelen tranformarse en religiones agnósticas (entre que Dios existe o no, me propongo de suplente) y ya sabemos que éstas (por ejemplo los asquerosos nacionalismos) son más peligrosas incluso que las religiones teístas (y mira que son peligrosas)


c) TODOS los que yo he conocido metidos en algún menjurje de esos --conozco amwaianos, lombardistas (no de Lombardo, sino de Lombardi, un tipo excepcional, no así muchos de sus esbirros), dianéticos, truinfalistas, mentalistas, destinomanifestistas, civilizadores y demás--, la vida me ha dado la oportunidad de invitarles pal chesco cuando ya vendieron su último libro usado de portada troquelada. Exculpo a los ocasionales, hablo de los fanatizados; además, la gran mayoría de ellos traslucen racismo, clasismo y una incultura extrañamente arrogante. Son de los que usan palabras como "naco", "mugroso", "indio", etc; de quienes se quejan de la violencia y humillan al que pueden, de los que ladran contra la inseguridad, pero atropellan los derechos de los demás (gritan ¡huele a caca! trayendo el culo sucio)

d) ¿Por qué algo que se erige como la neta pasa tanto de moda?

e) Porque, también en mi experiencia personal, les gusta juntarse con los grandes corruptos de ocasión y ni pío dicen ante las injusticias cotidianas (si no "triunfas", es justo que sean injustos contigo)

f) Porque el badulaque de Gasparín (Casper, for my english-speakers readers) leía en su cortinilla un clásico del género (quizá de los menos nocivos) ¿Cómo ganar amigos e influir sobre la gente?... Gasparín... Gámonos a la verva

g) Por hoy (como dicen los AA, quienes, aun compartiendo muchas de estas características, debido a su utilidad social, merecen un comentario aparte)

h) En el caso de quienes profesan tales docrinas y además se dicen cristianos... ¿no notan una contradicción? Pónganse de acuerdo: esta vida o el más alla ( "No hay masa ya" le dijo la tortillera al filósofo)

e; i) porque, usurpando la palabra filosofía, han contribuido a quitar la filosofía seria de los planes de estudio de bachillerato, de nuevo en mi (ay) país.

En fin, no prejuzgo, quizá el señor Cornejo sea un gran tipo (al menos dos chelas sí me tomaba con él, nomás pa ver qué), pero, recordando a los tipos que en su momento torturaban a los demás con sus cantaletas tramposas, al leer esa nota no pude sino esbozar una sonrisa. Al cabo, le agradezco mi salud intestinal los días que vi sus infomerciales a Mr. Cornejo.

Pd1: Si te dices triunfador, paga tus impuestos papá.


Pd2: Viva el ocio. Muera la huevonada.

Pd3: ¿Se acuerdan del candidato Calderón hablando de "Un México triunfador como la seleccion sub17"?

Foto 1: De un triunfador sin doctrinas que lo endiosen (y padre de siete), recién retirado de la NFL, a quien agradezco haber visto jugar: Kurt Warner, abrazado con quien le dio la oportunidad de trascender en su deporte.

Foto 2: Por antonomasia triunfador en su deporte, un asco de ser humano y ejemplo de la injusticia... Ay, mi buen Simpson, tan grande que fuiste, tan poca cosa que eres.

viernes, 26 de febrero de 2010

Desórdenes mentales



Revisando el pajar comeagujas que tengo en mis archivos, encontré los resultados de hace cuatro años al realizar este test sobre desórdenes mentales (en inglés). Los comparto con mis amigos imaginarios y con el eventual lector que visite esta mesa de cervecería.


Disorder | Rating
Paranoid: Moderate
Schizoid: Very High
Schizotypal: High
Antisocial: Moderate
Borderline: Moderate
Histrionic: Moderate
Narcissistic: High
Avoidant: High
Dependent: Moderate
Obsessive-Compulsive: Moderate




Para acompañar el resultado y desearles buen fin de semana, los dejo con mi rola favorita del excelso grupo King Crimson.




Foto: Mía. "Metonimia de un viajado".

lunes, 14 de diciembre de 2009

A cat with no name




Con este poema de Jorge Luis Borges, saludo la llegada de un nuevo miembro a la selecta comuna que tengo por hogar; lo saqué del motor de un auto abandonado en el que se escondía y desde donde gritaba de hambre y terror. Luego de algunos días, se va reponiendo.



No son más silenciosos los espejos
ni más furtiva el alba aventurera;
eres, bajo la luna, esa pantera
que nos es dado divisar de lejos.

Por obra indescifrable de un decreto
divino, te buscamos vanamente;
más remoto que el Ganges y el poniente,
tuya es la soledad, tuyo el secreto.

Tu lomo condesciende a la morosa
caricia de mi mano. Has admitido,
desde esa eternidad que ya es olvido,
el amor de la mano recelosa.
En otro tiempo estás. Eres el dueño
de un ámbito cerrado como un sueño.


viernes, 11 de diciembre de 2009

A la salú de Lennon

Lo comentaban todos, como en canción de la Santanera. Había muerto John Lennon, el héroe de mi madre, me explicó ella; parte del mundo paría llanto, no hacía falta explicar eso. Hace 21 años de aquello.

No fue el primer disco que pedí me compraran, seguro (era Kiss el grupo de mi infancia, Beethoven también un vicio previo), pero fue especial porque lo quería como el honor hacia un muerto de quien muy poco sabía, sólo que habría de ser para mí un "vivísimo muerto", como escribió Gilberto Owen refiriéndose a Xavier Villaurrutia.

Era una ciudad diferente: en mi barrio, sin ser en absoluto un núcleo de cultura, había en varias esquinas discotecas independientes, distintas unas de otras, no como ahora que cines, tiendas de discos e incluso librerías son cadenas.

Me llevaron a comprarlo ya de noche, al mercado, oloroso a árboles de navidad, refulgente de comida, esferas y heno; atestado de familias ignorantes de que salir, 21 años después, sería un peligroso privilegio.

Era un acetato de 45 revoluciones: de un lado Imagine, del otro Just like starting over.

Como si fuera ayer, siendo otra era. Pongamos la aguja sobre el tornamesa y recordemos.






miércoles, 18 de noviembre de 2009

A propósito de Concha Urquiza (o de cómo te escogen las lecturas)


Imagen. La Sulamite. Georges Drains
Tomada de esta página.


Es una experiencia común, en leyendo consuetudinariamente, que algunos autores te pasen de noche a la primera lectura, libros que te rechazan, te desdeñan o uno los subvalora; quitando aquellos que en verdad no valdrán la pena (al menos, en el ámbito del mundo particular de un lector), esas lecturas malogradas exigen de uno más vivencias, más pericia, más páginas recorridas o bien mayor perseverancia.

A algunas otras he podido acceder también y disfrutarlas en tanto obras respetables e ineludibles... Pero no me han apasionado. También se da el caso de las lecturas que creíste comprender y no hallarles mayor cosa, porque no se estaba preparado para su aparente sencillez. También están aquellas que apasionaron en la juventud y dejaron de ser relevantes conforme fue uno conociendo manjares más salvajes, refinados o duraderos al gusto.

No dudo que haya quien a los 16 años se zampó Ulysses, Poeta en Nueva York, La muerte de Virgilio o Paradiso. No es mi caso, definitivamente; numerosas lecturas me rechazaron bisoño y me adoptaron creciendo.

No hay una sola forma de encontrar todos esos vericuetos. Me inclino a pensar que los libros te encuentran.

A Concha Urquiza, notable poeta michoacana, si bien la había leído por curiosidad en la adolescencia (visitaba a unos familiares y la avenida más cercana se llamaba como ella), realmente me dejó inmotivado entonces. Sin embargo, una madrugada escuchando la radio (¿Horizonte 108? ¿Radio Educación?), pasaban unas cápsulas geniales de cinco minutos, en las que diversos escritores hablaban de literatura: Ernesto de la Peña, Eduardo Lizalde, entre los que recuerdo.

Pero mi favorito era escuchar a Ricardo Garibay. Apasionado, enfático y claro, notable lector de poesía. A él le escuché la frase genial: "Un hombre que no lee, es apenas él mismo. Y con ello apenas es". También al autor hidalguense, en una serie donde recitaba sus poemas mexicanos favoritos, le oí "Job", de la poeta; también por él me enteré de la prematura muerte de Urquiza, en Ensenada, ocurrida, según el autor de Par de reyes y La casa que arde de noche, cuando un tiburón la devorara.

Educada en escuelas religiosas, residente por algunos años de Nueva York, militante del Partido Comunista, Concha Urquiza honra Semiofagia con algunos de sus soberbios sonetos místicos.


Mi cumbre solitaria y opulenta...

Mi cumbre solitaria y opulenta
declinó hacia tu valle tenebroso,
que oro de espiga ni frescor de pozo
ni pajarera gárrula sustenta.

En tu luz gravitante y macilenta,
quebrado el equilibrio del reposo,
vago sobre tu espíritu medroso
como un jirón de bruma cenicienta.

Libre soy de tornar a mis alcores
do Eros impúber la zampoña toca
ceñido de corderos y pastores;
mas a exilio perpetuo me provoca
la chispa de tus ojos turbadores,
la roja encrespadura de tu boca.


Job

Él fue quien vino en soledad callada,
Y moviendo sus huestes al acecho
Puso lazo a mis pies, fuego a mi techo
Y cerco a mi ciudad amurallada.

Como lluvia en el monte desatada
Sus saetas bajaron a mi pecho;
Él mató los amores en mi lecho
Y cubrió de tinieblas mi morada.

Trocó la blanda risa en triste duelo,
Convirtió los deleites en despojos,
Ensordeció mi voz, ligó mi vuelo,
Hirió la tierra, la ciñó de abrojos,
Y no dejó encendida bajo el cielo
Más que la obscura lumbre de sus ojos.


Sulamita

Atraída al olor de tus aromas
y embriagada del vino de tus pechos,
olvidé mi ganado en los barbechos
y perdí mi canción entre, las pomas.

Como buscan volando las palomas
las corrientes mecidas en sus lechos,
por el monte de cíngulos estrechos
buscaré los parajes donde asomas.

Ya por toda la tierra iré perdida,
dejando la canción abandonada,
sin guarda la manada desvalida,

desque olvidé mi amor y mi morada,
al olor de tus huertos atraída,
del vino de tus pechos embriagada.




martes, 17 de noviembre de 2009

Las víctimas del "Delete" desamparadas por el "Ctrl + G"



Hace algunas semanas, escribía versos espontáneos, pero no en papel, sino sobre la pantalla sensible de una agenda electrónica, mientras esperaba. Me había propuesto hacerlo de tal modo a fin de a) darle un uso más intensivo al artefacto, hasta ahora subutilizado, y b) para fomentar la disciplina de hacer cuanta nota fuera posible que pudiera serme útil posteriormente para ensayos, prosas y poemas.

La agenda tiene la ventaja de captar letra manuscrita y no sólo mecanográfica, por lo que es más fácil que hacer notas sobre papel en situaciones incómodas, por ejemplo en el transporte público, además de que recompone mi mala letra, con lo que salva apuntes apresurados que, haciéndolos con bolígrafo o lápiz romo, luego --en colusión con la mala memoria-- se vuelven ilegibles. Otra ventaja del artilugio es la grabadora de sonidos, lo que permitiría captar con mayor celeridad y comodidad (sólo se precisa una mano) notas fonográficas, pero ello implica decir en voz alta "desarrollar el párrafo donde K quiere asesinar a sus vecinos" o "menos pathos y más epoché al poema del surfista cósmico", lo cual puede ser vergonzoso, impertinente o incluso pedante para el eventual e involuntario público.

Días después, antes de dormir recordé algunas frases de esos versos, ciertas relaciones rítmicas, atisbé un hueco entre la línea de golpeo y abrí la agenda para continuar con mi labor; durante cerca de una hora escribí con fluidez y emocionado por los resultados inmediatos, emoción típica de quien no ha puesto tiempo de por medio entre la escritura de primera mano y la temible corrección, fase donde se da para atrás a versos ingenuos con los que se esperaba haber llegado a un pináculo que luego resulta un peñasco que obstruye y amenaza la coherencia de la totalidad.

Me levanté para tomar un respiro, el tiempo suficiente para que la pantalla de la agenda suspendiera el funcionamiento y, al volver para continuar con ese impulso creador... Las correcciones habían desaparecido.

Rabia, impotencia, notas febriles tratando de recapturar el sentido de lo escrito e irremediablemente perdido, ante mis propias narices, como quien dejó caer un cigarro sin querer sobre un bien preciado. Aunque el resultado no fue convincente, bastante se alcanzó a rescatar.

Antes tales accidentes, no queda más que la metafísica: "Por algo sucedió. Piénsalo".

No es la primera vez que tengo un accidente por el estilo. Hace varios años, en la primera computadora que tuve recién había terminado el borrador de una novela, mismo que desapareció en problema de configuración gracias a un juego infaustamente instalado. Despotriqué contra mi mala suerte, pero, independientemente del accidente no imputable a mí voluntad, la culpa terminaba por ser mía a causa de no tener el hábito de respaldar (por eso ahora los Ctrl + G son casi un tic a cada ciertos golpes del teclado). Fueron fútiles los intentos de ingenieros y programadores: mi obra no pudo rescatarse.

La amargura duró varios meses, dando paso a la resignación. Hasta que una tarde, revisando reprobatoriamente algunos borradores parciales que conservaba impresos, concluí que había sido mejor que el borrador se perdiera en los meandros cibernéticos. No valía la pena; era un texto enfermo de nacimiento y si algo valía la pena era, al cabo, el esqueleto, mismo que aún (¡por fortuna!) conservo en mi mente.

Pero así como el paso del tiempo te puede llevar del rencor al perdón o de la ingenuidad a los resentimientos epifánicos de un ayer indefenso, y gracias al reciente suceso de pérdida de datos, me pregunto si esa novela que jamás rehice no tendría valores que hoy podría aprovechar. Mas ya no hay vuelta al lamento ni al reproche (uno victimiza, el otro imputa, Ricoeur dixit), sino a una decente pena que me dibuja una mueca sardónica en la jeta de mi alma.

Si pienso, como hasta ahora lo he hecho, que sólo vale la pena perseverar en una obra con posibilidades de trascender lo meramente anecdótico, esas pérdidas no pueden sino ser señal de que la eugenesia que al autor le es dado aplicar a sus textos también se enviste de azar. Si, como ha devenido mi opinión, es preciso ser más tolerante con lo que uno escribe, aquella novela habría sido una ópera prima que me hubiera, quizá, abierto puertas.

Es cierto que nunca he sido bueno para dejar puertas abiertas --yo, pirómano de naves--, y que mi autocensura canónica raya en la extrema parquedad; pero tampoco creo que sea decente, como algún mercenario que conocí en las aulas, pretender publicar cualquier flato, amparado por la simbiosis remorosa con un autor de renombre y medios.

Una arqueóloga me aseguró alguna vez que en el futuro sería posible recuperar todos esos textos, aparentemente perdidos y que esa arqueología del porvenir sería capaz de realizar ediciones críticas a un punto hasta ahora no imaginable, de sacar a balcón aquello que los autores trataron de censurarse con un furioso Delete, de rescatar obras maestras perdidas entre los fierros prodigiosos, entre los bites y los bytes.

¿Qué perversa vanidad puede llevarte a la angustia por lo que se descubra en tu vieja computadora cuando ya seamos polvo, si acaso? Por otro lado, ¿qué caso tiene crear ficción literaria sin una mínima aspiración de trascender, así sea una modesta impronta, tras lo inevitable? ¿Qué caso escribir únicamente para ver el nombrediuno en un mediano suplemento? ¿Acumular novelitas como coitos fracasados? ¿Persistir en prosas o versos que resultan caricaturas de los anteriores de su mismo creador? ¿Quedarse vistiendo santos junto al panteón literario de su tiempo?

Todo ello me recuerda un propósito que me hice cuando comencé a escribir y que no siempre he cumplido: disfrútalo.

Como dice el clásico: The winding, my blow, is answering the friend

Ilustración. De Rosa Elena González.





lunes, 26 de octubre de 2009

Quebrando siglos: Asunción Silva y Manuel J. Othón



Cuando desfallece la primera década del segundo siglo a partir del nacimiento del poeta que inventó nuestro calendario, recuerdo: Llegar al 2000, la bomba nuclear y los extraterrestres fueron, entre otras ideas, mojoneras de la conciencia colectiva que recuerdo de mi infancia.

En esta entrega quiero acotar sobre esa primera obsesión que me hacía concebir la prisa (y la prosa) por crecer (oh maldición) para saber qué se sentiría cruzar esa línea arbitraria que aboliría los novecientosytantos.

Durante los años 90 la cuenta regresiva, con sus profecías milenaristas, apocalípticas y cibernéticas fue una pátina ineludible. Sin embargo, al llegar al filo del 2000 (yo, radical partidario del 2001 como verdadero fin de siglo), me encontré solo por voluntad propia, hastiado de esperar un sinsentido y decidí festejar la llegada de esas 00:00 hrs de la mejor manera: leyendo El Quijote y escuchando la pirotecnia a lo lejos.

Ahora que nos debatimos entre el Bicentenario y la sobrevivencia, recuerdo alguna idea (juro que no recuerdo de dónde) algo inexacta, pero que sirve para ilustrar la asincronía entre historia y calendario: "El siglo XX comenzó en Sarajevo y terminó en Sarajevo". Como es una tradición en Semiofagia, conjuro a que el siglo XXI no comience en México.

Y como voces invitadas, dos almas decimonónicas: uno de ellos, el colombiano José Asunción Silva, no alcanzó a llegar al 1900; el otro, el mexicano Manuel J. Othón, no llegó al estallido oficial de la Revolución. Considerados poetas modernistas, hoy honran este mitin yermo con sendos poemas.

EL PACIENTE:

Doctor, un desaliento de la vida
que en lo íntimo de mí se arraiga y nace,
el mal del siglo... el mismo mal de Werther,
de Rolla, de Manfredo y de Leopardi.
Un cansancio de todo, un absoluto
desprecio por lo humano... un incesante
renegar de lo vil de la existencia
digno de mi maestro Schopenhauer;
un malestar profundo que se aumenta
con todas las torturas del análisis...

EL MÉDICO:

-Eso es cuestión de régimen: camine
de mañanita; duerma largo; báñese;
beba bien; coma bien; cuídese mucho:
¡Lo que usted tiene es hambre...!

El mal del siglo
José Asunción Silva

Mira el paisaje: inmensidad abajo,
inmensidad, inmensidad arriba:
en el hondo perfil, la sierra altiva
al pie minada por horrendo tajo.

Bloques gigantes que arrancó de cuajo
el terremoto, de la roca viva;
y en aquella sabana pensativa
y adusta, ni una senda, ni un atajo.

Asoladora atmósfera candente,
do se incrustan las águilas serenas,
como clavos que se hunden lentamente.

Silencio, lobreguez, pavor tremendos
que viene sólo a interrumpir apenas
el galope triunfal de los berrendos.

Poema II, fragmento de En el desierto. Idilio salvaje
Manuel José Othón



Foto. Mía, de una serie que llamo Escenas de agorafobia.

Postre. Y recomendación: de nuevo, que escuchen Rec: un podcast de música y cultura popular. Los remito a su blog.




miércoles, 14 de octubre de 2009

Para ver llegar los terremotos



Cada vez más cansado, me aferro a la poesía por ser mi lengua y porque lo que más vale en esta descascarada latitud son sus artistas.

Y transcribo los versículos iniciales de Incurable, de David Huerta (México, Era, 1987) como quien juega ajedrez esperando el terremoto:

El mundo es una mancha en el espejo.
Todo cabe en la bolsa del día, incluso cuando gotas de azogue
se vuelcan en la boca, hacen enmudecer, aplastan
con finas patas de insecto las palabras del alma humana.


El mundo es una mancha sobre el mar del espejo,
una espiga de cristal arrugado y silencioso,
una aguja basáltica atorada en los ojos de la niña desnuda.


En medio de la calle, con el ruido de la ciudad como otra ciudad
     conectada en la pantalla de la respiración,
veo en mis manos los restos del espejo: tiro todo a la bolsa y
     sigo mi camino,
todo cabe en la bolsa del día, incluso la palabra incluso
un manchón negro en la línea que se va deshojando en la boca.


Si me acercara, con un sonido genital y absolutamente húmedo,
tocando las paredes del miedo con manos espaciosas y una
     circulación de letras aplastadas contra la linfa color de olvido;
si me acercara, sec y coordinado en los pliegues, oyendo el paso
     de los otros en el techo,
una legión sorda, un estertor de marabunta, un hueso desmoronándose,
una lluvia caliza por el sueño, en el paladar;
si me acercara, si desmenuzara una figurilla con los dedos que
     gotean vino;
si me procurara un placer, un desvío, un tocamiento de nubes o
     un roce plateado,
un manoseo en el oro, un deslizarse en la entrepierna de los
     muebles para dormir un sueño de saliva y silencio;
si me acercara, dando en el tiempo un acorde caliginoso, un tempo
     fúnebre de reunión a oscuras . . .



Imagen: El coloso. Atribuido a un seguidor de Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828), según el Centro Virtual Cervantes.






sábado, 19 de septiembre de 2009

Estoy harto de rodar como una noria o que perdone tu señora

Hace unas horas, como andaba optimista, leí esta publicación acerca de los escritores que se suicidan, de la cual rescato la frase "el único riesgo profesional de los poetas es el suicidio", lo cual, sin ser enteramente exacto es bastante divertido (si se lava uno los dientes con la marca macabra que usa un servidor).

Eso me hizo pensar en la primera vez que tuve contacto con un suicida: se trataba de una joven (llamémosle S) en su lozanía que vivía enfrente de mi casa. Con la curiosidad y la justa impunidad de un niño, me asomé a su cuarto algunas veces, lo tengo fresco porque me asombró la cantidad de recortes de artistas de Siempre en domingo, tomados de diarios y revistas, tapizando sus muros de cartón, como la ropa tapizaba en suelo y la cama. Del aparente caos, sobresalía enmarcado un centerfold del TVyNovelas, donde ella y un cantante español pegaban los cachetes (entre sí), trofeo al que se hizo acreedora junto con una cena exprés y la sesión de fotos gracias a su pronta y correcta respuesta de una trivia sobre la trayectoria del referido.

S solía conversar mucho con mi mamá, quien no por serlo era demasiado mayor que aquella; yo, con la curiosidad y justa impunidad de un niño solía adentrarme en el misterio de sus conversaciones ilusoriamente privadas. Así me enteré de que S andaba con el chofer de su trabajo (llamémosle Ch); que era casado, pero que lo amaba "más allá de los límites" y que "contra el corazón no se podía luchar".

Aunque a mí me pareció un largo periodo, sospecho que pasarían pocos meses antes de que ella quedara embarazada, llevando con ello la historia y mis revelaciones a lugares más comunes. Pero, en el medio hubo un incidente: gritos, señoras yendo y viniendo, finalmente una ambulancia y sus paramédicos sacando a S escaleras abajo entre hayvaelgolpes y plegarias.

Lo interesante del asunto fue una vez que salió de su lavado gástrico y terapia de médico inconforme, cuando contaba la experiencia (mientras yo espiaba cada vez peor y a ellas les importaba cada vez menos), una vecina le preguntó, inevitablemente, que aclarara por qué lo había hecho. "Ch me engaña". ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? Con la güila que nos has contado, ¿verdad?". No sé exactamente". Pero ¿te contaron? ¿Confesó? ¿Los pescaste en la maroma?

S rompió en llanto, pero hierática en una pausa declaró: "No, nada de eso. Pero las mujeres tenemos un sexto sentido".

No digo que dejé de ver Siempre en domingo (quien haya vivido en México por esos años, sabe que eso era punto menos que imposible). Pero sí dejé de tomarlo en serio.

¿Será por ello que ahora soy un poeta que va suicidando no sólo personajes, sino además nombres propios y pseudónimos? Lo ignoro. Es insondable. Lo único que resta es sacar fuerzas de flaqueza y enfrentarnos a los feroces recuerdos ocultos. Tengo que centrarme en ese póster que era el tesoro de S antes de convertirse en lo que es, o era hasta las últimas noticias que tuve.

No pido que me sigan, o háganlo bajo su propio riesgo. Con el siguiente video entraré a una regresión hipnótica. No hay garantía de volver o, de hacerlo, es probable que no vuelva a ser el mismo, pero ahí vamos.



Y dice la vocecita: "No te hagas el guaje ni el puro: bien que le entras a la balada setentera".
Me han descubierto. Lo admito. Soy fan de Manoella y qué. Esta va por la casa.

sábado, 8 de agosto de 2009

De feos y exiliados II. De cómo escucha a los diamantes un médico español.


Mi personaje es un médico que escucha béisbol por la tarde.
Llegó al Puerto de Veracruz en 1939, procedente de un puerto francés, a bordo del buque Sinaia, junto con otros más de 1600 refugiados españoles.
Al llegar era un expatriado bisoño sin más que sueños rotos. Al irse, dejó una familia y un amor por dos patrias: la perdida y la ganada, ambas propias.
La anécdota de la llegada a puerto, ni qué decir de la guerra civil, son historias apasionantes, dignas de mayor esmero y espacio: dígase lo mismo de todos las intrahistorias de los desterrados por las guerras en toda era.
Mi comentario es más modesto: habla de él, un español de veintialgo, jodiéndose la vista en el microscopio auscultando tejidos, quien escucha la radio mientras tanto: hábil, leal amante que sabe cuándo dejarte solo sin dejarte solo; de las noticas a la música, de los comerciales a las notas de último minuto.
(La radio: justamente, ahora escucho http://www.idearock101.com/rock101.html, estación que en los ochenta era nosotros los chilangos amantes del rock. Ni en los terremotos te abandona, la radio...)
Pero no es sobre mí, lo lamento: es sobre un joven médico sin patria asible más que el trabajo, para quien su amante, la radio, descuidó una tarde de horas extra a los nuevos valores de la música para iniciar un partido de béisbol en séntida crónica, como conflagro diría alguien y se le hiciera curioso a nuestro héroe. ¿Mohínes de amantes pensaría? Lo ignoro, tampoco tengo el año preciso en que al valenciano le embelesaron frases como "gracias al error del guardabosques central, la potencial de la victoria se colocó en la antesala" o la mineral "el diamante está caliente": lo cierto es que pronto la narración de las acciones deportivas en el viejo Parque Delta, junto al Río Piedad, dejó de ser la interrupción de lo apacible, para convertirse en lo deseado y el misterio. Y todo médico y todo poeta saben que sin misterio no hay ná.
Dejo de lado un par de libros sobre béisbol en México, que habrían sido útiles para darme una pátina de conocedor que no me queda; además, ¿pá qué si basta con esbozar la mirada extática, apartada del microcosmos por unos segundos, del patólogo que percibía poesía, épica y novela negra en muchos de esos encuentros, en lo cual había que tomar en cuenta lo mismo la materia en sí tanto como el estilo de quien comunicaba al público la emoción de un juego de pelota?
Años después de enviciarse en privado por esa narrativa de una voz en vivo, nuestro médico --ya un hombre establecido y respetable en el país ajeno al que hizo propio-- visitó por primera vez el parque del Seguro Social para ver un clásico. Experiencia desconcertante contrastrar lo que imaginaba contra lo que el juego le ofrecía. No decepción, el juego terminó por gustarle, pero armonizar lo que su audición había construido y lo que su mirada cotejaba le proveyó el asombro, sospecho que tanto o más como una novísima metástasis.
Eso también lo escuché este año en un juego de béisbol, me lo contó mi amiga Ceci, nieta del hombre al que mi personaje remeda. De paso, me hace pensar en Alfonso Lanzagorta, joven y colorido cronista de pelota caliente, prematuramente retirado de la crónica deportiva, tradición de la que es parte y que ha hecho feliz a varias generaciones, por lo cual no puede ser sino un noble mester (aunque sólo cuando está bien hecho).
Tomé la foto del partido, luego de amago de bronca masiva tras un pelotazo intencional que, por fortuna, no encontro cráneo antes de impactar en panel detrás de home.
Hoy ganaron los Diablos. 3-3 la serie, mañana (quesoy, según reloj) estaremos ahí para apoyar con todo nuestra a nuestro equipo en el rey de los deportes.

jueves, 16 de abril de 2009

Periódico de ayer - Respuesta a Héctor Lavoe







Esta anotación tiene dos vertientes: la de la memoria anárquica, aquello que nos llega sin el menor sentido aparente, pero emerge de pronto sorprendiéndonos por el desorden que, se evidencia con ello, prevalece en la azotea llamada mente; algunas veces pueden ser recuerdos muy lejanos, incluso algunos de ellos dudosos al ser recordados (buena ilustración de ello en el capítulo 9 de El hombre sin atributos, t.II, "Agathe, cuando no puede hablar con Ulrich"). Otros, más cercanos, más identificables, pero con la característica de revelar de un modo modestamente epifánico algún detalle que en su momento pasó de noche.






La otra vertiente tiene que ver con la construcción de lo que llamamos nuestra historia que, como la Historia o la ficción, se conforma de elementos reales y otros imaginarios, irremediablemente; sin ella na' somos. Mi abuela me lo enseñó antes que Paul Ricoeur, un día -hace un par de años- cuando me mostraba una foto donde, afuera de la fábrica textil La Esperanza, de la colonia Anáhuac, donde trabajara más de treinta años (mi abuela, no el hermeneuta), posaban para el lente los más de ochenta obreros de aquel entonces. Tras contarme algunas anécdotas de quien pudo acordarse rompió en llanto, me pidió disculpas por lo que llamó su necedad y argumentó: "Es que me da miedo perder la memoria".






Ella misma (llamémosle Soledad), en mi infancia, cuando me obligó a leer íntegra la Biblia, tres capítulos por día, me confesó que su obsesión por la lectura venía de la época posrevolucionaria, cuando su vida era si no infeliz, sí árida, y salía a caminar las calles en busca de periódicos viejos para leer durante algunos minutos, horas si corría con suerte.






Esa es la segunda vertiente.






Sobre la primera, bajo motivo de este textejo, es haber retraídome la loca (mi mente, a quien antes llamé azotea y me es lícito llamarle, como está en desuso, maceta) una salsa que versa "¿Y para qué leer un periódico de ayer?", interpretada por Héctor Lavoe, si no me traiciona la tatema (que cuando anda de zorra le gusta que le digan psique), quien sin duda tiene mejores melodías (como se les llamaba en tiempos del OTI).







Bah.





Habiendo dicho lo anterior, preparo anforita de aluminio, raitidina, newman Wilson, Tres tristes tigres, casaca albiverde y gorra roja para irme a ver el Diablos-Monclova (o Monclova-Diablos, como técnicamente debe decirse).









jueves, 9 de abril de 2009

Calor


Ahora el racionamiento de agua; no dejo de temer que pronto vengan los saqueos, los ajustes de cuentas, las dentelladas, hasta que el sueño de buen número de chateros anónimos y foristas que sueltan baba rabiosa a la que llama opinión vean o su sueño o su mayor temor cumplido y produzcan y se conviertan en fiambres. Y también los de buena voluntad, porque encarrerado el gato... Y mientras, los que viven de la partidocracia muertos de la risa. Ocupados en camisetas, campañas y mensajes vacíos.
Ahora pasemos a nuestra barra de ficción:

…y el miedo es una cosa tan grande como el odio.
Eduardo Lizalde

I hold with those who favor fire
Robert Frost

Sin más patria que el humor de un perro herido
las quijadas mascan pétreas carcajadas y arrumacos,
la inocencia —pese a todo— mancillada,
dibuja ahora sinfines, imposibles y degüella
las ovejas del insomnio una por una
La patria de murmullos del acodado en la cantina,
con la tez de quien descubre que su mano fue amputada
y se transforma con embrujo de una flama viendo fijo en asesino

RSR (D.R.)

viernes, 3 de abril de 2009

Agorafobia de angora


De: Repulsión (Estados Unidos, 1965) Dir. Roman Polanski.

Esta película me impresionó en su momento, Recuerdo el detalle del manejo del tiempo mediante las raíces de los tubérculos. Inolvidable la Denueve.

Lo recuerdo, como dice Lizalde: "ahora que las abejas/ se derrumban a mi alrededor/ con el buche cargado de excremento".